Sobre mí

Me llamo Leila, soy madre de dos peques y profesora de Lengua y Literatura. Precisamente la afición por la lectura ha sido la que me ha llevado a buscar constantemente información de todo lo relacionado con la crianza de mis hijos.

Cuando era pequeña, vi en un supermercado a un hombre con un bebé en una mochila. Lo recuerdo como un descubrimiento mágico en el que yo, poseedora de una sillita de paseo de juguete, nunca antes había reparado: no había una manera más amorosa de llevar a tu bebé.

Embarazada de G. lo tuve claro: iba a portear. Fue un embarazo de riesgo y esa obsesión por leer se volcó en encontrar datos sobre lo que le estaba pasando a mi bebé. Así que cuando nació en marzo del 2013, tenía un montón de prejuicios contra los que me debatía interiormente.

Y el instinto ganó. Ese que me decía que le tuviera en brazos, que disfruta un rato tras otro de esa sensación de ternura infinita.

El inicio de la lactancia no fue como esperaba. Pero tenía muy claro que quería hacerlo y, afortunadamente, pedí ayuda a la persona adecuada.

Luego llegó el agotamiento de las noches acumuladas sin dormir y me encontré con mi niño durmiendo en la cama.

Todas las ideas preconcebidas de la maternidad y la crianza estaban siendo vulneradas y, de alguna manera, tenía que encontrar una explicación a mis nuevas decisiones. Y así fue como empecé a indagar en la teoría del apego y la crianza respetuosa que mi yo anterior había desechado.

Luis y yo anulamos la matrícula de la guardería y pedí una excedencia: no quería separarme nunca de él.

Aún sonrío al recordar el día en el que le dijimos que mamá tenía un bebé en la barriga, un bebé que fue creciendo con los besos de la voz que le esperaba con tantas ganas. L. llegó en noviembre de 2015 y nos trajo nuestro momento más tierno: la mirada de su hermano mientras la tenía en su regazo.

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